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OPINIÓN – Una pequeña reflexión sobre Bianchi

Muchas veces nosotros como seguidores de la Máxima Categoría del Automovilismo Mundial quisiéramos ser uno de sus principales protagonistas: el piloto. Nos parece que tendríamos una vida llena de ‘glamour’, yates en Mónaco, pit babes servidas en la mesa como Champán y un mundo de periodistas y fama que nos podría convertir en el más detestable de los seres humanos por la arrogancia que genera el hecho de sentirnos importantes. Pero tal vez lo que más nos llamaría la atención sería montarnos en un auto de muchos millones de dólares y poder conducir en las pistas del mundo a un promedio de 200 kph. Sin embargo, la verdad de todo esto es que un piloto, más que ser un Rockstar, es una persona que en primer lugar, le ha costado mucho sacrificio sentarse en una silla oficial y en segundo, expone su vida cada fin de semana de carreras.

El accidente sufrido por Jules Bianchi en Suzuka, nos muestra que quizás la única realidad válida en este deporte es que siempre está puesta en riesgo la vida, por más medidas de seguridad que se establezcan. Conducir en las condiciones en que estaba el trazado nipón, no era un asunto de ‘machos’ como podrían decir algunos puristas de la categoría. Era más bien un juego a la ruleta rusa, un constante juego con la vida en cada curva. Pero desde el primero hasta el último piloto de la grilla no escatimó esfuerzos en demostrar y dar lo que debían dar en pista. Quizás esto fue lo que primó en el piloto francés de Marussia, antes que soltar el pie del acelerador, máxime cuando uno de los comisarios en el sitio donde se estrelló, estaba precisamente agitando una bandera verde.

La cadena de imprudencias que se vivieron durante el incidente de Adrian Sutil, que llevó al amargo desenlace de Bianchi, está como para enmarcarlas en una película titulada ‘Todo lo que usted sabía sobre lo que no se podía hacer en un accidente, pero se atrevió a hacerlo’. Para citar algunas pocas de tantas que parecen las gotas de lluvia que cayeron sobre la pista de Japón: un procedimiento inseguro por parte de los comisarios, una grúa parqueada que se constituye en algo equivalente a poner una piedra en medio de la pista, una mala gestión de la dirección de carrera y unos comisarios que parecían haber sido contratados el día anterior para hacer algo tan crítico como manejar un factor de riesgo cuyo desenlace es precisamente la vida.

Llevamos 20 años en discusiones sobre lo que realmente le sucedió a Ayrton Senna en Imola, pero nadie se ha atrevido a desvelar algo realmente coherente y donde la necesaria consecuencia sería la judicialización de los que imprudentemente pusieron en juego la vida de un piloto. Recuerden los Jordan de Eddie que condujeron Karthikeyan y compañía en los últimos años de estos autos amarillos: era un milagro llevarlos por la línea ideal de carrera. No más el año anterior María de Villota fallecía en el marco del Gran Premio de Japón, gracias a las secuelas del accidente que sufrió también en un Marussia, cuando entrenaba sin medida alguna de seguridad. Estos ejemplos son una pequeña muestra de que aunque la seguridad en los autos ha evolucionado drásticamente, desafortunadamente la del entorno donde se mueven los bólidos todavía está por desarrollarse.

La dolorosa situación en estos momentos es que por más agua negra que se saque de las cañerías en torno al accidente de Bianchi, ya han salido algunas voces autorizadas –Prost entre muchos otros- a decir que no hay que echarse culpas, obviamente dentro de la política sucia que dirige este deporte y que está marcando la antesala a bajar los humos de la discusión para que no se empañe la fiesta con vodka y glamour que se va a hacer este fin de semana en Sochi, porque lo cierto es que Ecclestone seguirá recibiendo sus cheques, así vengan manchados de sangre.

Difícilmente se podrá hacer algo y aunque no faltarán las demandas, lo único que se espera es que el desenlace de Bianchi sea distinto al que predice su estado clínico. Hay algo muy cierto y es el hecho de que aquí falló todo y que los culpables van a ser los de menos poder, los que no tienen un buffet de asesoría legal para convencer a las Cortes de que la culpa no la tuvo la dirigencia de la Fórmula 1. Para mí son los únicos culpables, son los que deberían pagar por su error y a diferencia de Prost, yo si quisiera que alguien pagara, pero eso es un sueño y los sueños, sueños son.

Alejandro Cárdenas Leuro – @alejocard

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